EL LENGUAJE PICTÓRICO FEMENINO: UN MEDIO DE COMUNICACIÓN PARA EL SIGLO XXI.

María Pepa Parejo Delgado
Profesora de Historia del Arte

La pintura ha sido siempre desde los comienzos de la Historia del Arte un medio de comunicación imprescindible para el ser humano. En palabras de Kevin Power, una red de comunicación y de mensajes que requiere un receptor. Para ello, contribuye en cierta manera a la “salvación humana”. Es el medio más expresivo e intimista para representar la opinión pública, el bienestar de los grupos de poder, la marginación social, la naturaleza en libertad, la introspección y los más variados temas y actitudes humanas.

Hemos seleccionado para este trabajo de investigación los mensajes que a través de la creación plástica comunican pintoras contemporáneas, es decir, que siguen trabajando en su estudio pese a las limitadas posibilidades que en este, como en otros campos de la ciencia, seguimos teniendo las mujeres en la sociedad actual. Para ellas, todos los días es un reto hacer realidad que la pintura juegue en la eternidad del tiempo y con la libertad del espacio. Son artistas de diverso origen y procedencia, las hay del mundo académico y autodidactas. Sólo tienen en común utilizar la pintura como medio de expresión de sus inquietudes bien directamente o bien a través del sutil juego de la metáfora.

Un trabajo, el de la creación artística, que continúa realizándose en la soledad del estudio desafiando al mecanizado siglo XXI donde la competitividad, la globalización de la economía y los grandes monopolios del poder político y cultural internacionales, intentan homogeneizar los gustos, costumbres, reflexiones de todos los seres del planeta. Una sociedad que ha visto tambalear sus cimientos tras el atentado terrorista contra las Torres Gemelas, que a buen seguro determinará las nuevas propuestas artísticas. La relajación, imprescindible para el encuentro del artista con su idea materializada, posteriormente en el cuadro, ha sido violada. Un hálito de inquietud ha perturbado las conciencias de los creadores al igual que la de todos los seres humanos. El optimismo inconsciente e irresponsable de la progresiva bipolaridad norte-sur, las tensiones en Oriente Medio y el incremento de la marginalidad en las ciudades de los países desarrollados, ha sido sustituido por una melancolía desasosegada donde la responsabilidad no ha sido asumida de forma consciente por todos. Una sociedad consumista a la que sólo parece interesarle los efímeros triunfos de las mediocridades cotidianas, de seres sin ideales ni valores éticos o religiosos. Frente a esta situación, algunas pintoras reclaman la vuelta a la reflexión y a la imaginación solidaria.

La manipulación del arte en los medios de comunicación de masas, por las esferas del poder político y las oligarquías económicas, tratan de adulterarlo mediante su comercialización, aunque afortunadamente no han podido con los artistas que, desde el silencio reflexivo de su estudio, continúan trabajando para ofrecer al público receptor la representación plástica de esas inquietudes personales o colectivas que no todos podemos expresar mediante la creación plástica.

María José Aguilar expone al público una pintura cuidada que busca más la satisfacción íntima que el brillo externo. Una creación artística que, en palabras del crítico Rafael Muñoz, centra su interés en el ser humano obteniendo como resultado una pintura llena de poesía, mensaje íntimo y sosegado. La propia realización de sus cuadros es todo un desafío. Trabaja el óleo sobre la tabla, pues es una garantía de solidez, calidad y perdurabilidad de su obra. Ello le obliga a preparar la tabla adecuadamente aislándola de la humedad y del ataque de los insectos. Lijada la tabla, debe cuidar su imprimación y, más tarde, ir poco a poco ocultando la trama para convertir la superficie del cuadro en un espacio de gran calidad y suavidad.

Muy elaborada es su TRILOGÍA, donde rinde tributo a la Medicina, a la Música y al Arte. En su homenaje a la Medicina toma como elementos simbólicos el pico de una cama desarreglada donde percibimos la arruga de la sábana que acaba de ser levantada para que el médico de cabecera ausculte al enfermo que ha acudido a visitar. El médico no está presente físicamente, sí su viejo maletín de cuero, su instrumental y el jazmín la flor medicinal de los árabes. La ciencia está evocada por uno de los personajes más entrañables de la sociedad española de hace unos años, el médico de familia. Una escena intimista bañada por la luz de la mañana, donde María José se afana en destacar el blanco de los visillos sobre la blanca ventana. Una obra de gran calor humano a lo que contribuye a la luz, el olor que se desprende del jazmín, y el desarreglo de la estancia, donde adivinamos los gestos de la familia del enfermo ante el diagnóstico del médico que curaba, aconsejaba y alentaba a la familia en los momento de infortunio.

En su  SOLEDAD MUSICADA, homenaje a la La Música, la pintura busca la emoción en sí misma. La partitura, perfectamente legible, está sobre el atril, esperando ser leída e interpretada por la viola, que figura en un ángulo de la estancia. La viola es un instrumento de gran solidez, como se refleja en la cabeza tallada a modo de mascarón de proa con que termina; un elemento de gran simbolismo para nuestra pintora, pues él homenajea a sus familiares vinculados con la Armada. La luz empaña la composición con unas tonalidades que se van graduando progresivamente para evitar sobresaltos entre la máxima luminosidad y la plena oscuridad. Una luz, llena de misticismo, donde su sensibilidad femenina recuerda el carácter efímero de la belleza que se marchita como las hojas que se dispersan por el suelo. Frente a lo perecedero, lo atemporal, la Música. Una equilibrada y madurada composición donde la pintora expresa su inquietud ante el porvenir y deja abierta nuestra imaginación para intuir la gran riqueza espiritual de su mundo interior.

En LEYENDO UNAS CARTAS VIEJAS rinde pleitesía al Arte. Una obra que se mueve al compás del sueño, donde apreciamos el sufrimiento por la entrega a la creación, y por querer despegar sola. Una obra que demuestra que María José posee un lenguaje personal para expresar su mundo interior haciendo, por lo tanto, una auténtica aportación a la comunicación humana. Una realización plástica, llena de espiritualidad, que nos recuerda las escenas de interior de Vermeer, el gran pintor holandés, y que adquiere carácter excepcional en un mundo cargado de masificación y consumismo.

La mujer es para nuestra pintora la protagonista esencial de sus creaciones artísticas. Siendo, por tanto de gran valor para acercarnos a su compleja sensibilidad. En el Retrato de Blanca adivinamos el carácter de una mujer que gracias a su aplomo ha alcanzado los objetivos esenciales de su vida. La sobriedad de su indumentaria, blusa blanca y falda beige con raja a los lados, deja ver la elegante postura de sus brazos cruzados en forma de ángulo y la serenidad de su mirada como el estado de un mar en calma. La rosa blanca con que se adorna, el símbolo de la verdad, de su autenticidad como ser humano. Su carácter sólido se apoya en la tradición familiar, recogida en la Biblia de su abuela y la pequeña cajita que sitúa en la mesa próxima. Un collar blanco, regalo de su marido, realza la blandura de su cuello.

En su tema Taurino LA FIESTA (2001) se introduce en la mujer morena que centra la composición elogiando las mujeres de Julio Romero de Torres y destacando su humanidad y el misterio que encubre el escorzo de su cabeza. La figura se ubica en un espacio donde ofrece una personal y femenina versión del mundo del toro. Vincula la fiesta a las Leyendas del Minotauro y la doncella que escuchaba a su madre, de pequeña. El coso taurino se transforma en el cuadro en unas imaginarias Bodegas Osborne, cuya arquitectura ve agrandado su espacio mediante la manipulación de alguno de sus arcos y la balaustrada de la parte superior. Las estatuas de bronce de dos toros, traídos de las Américas, son dibujados con gran sobriedad de colorido. Los toros llevan el nombre de Talento y Voluntad, dos condiciones necesarias para triunfar en la vida. El talento fue en otros tiempos una moneda de cambio. La mujer viste un mantón de Manila blanco, el clásico para acudir a la corrida de toros, y cuelga de sus orejas unos zarcillos dorados en forma de racimos de vid, en alusión al vino, uno de los componentes del festejo. Toca su cabello con lirios americanos, recordando la célebre frase del argot taurino de “hacer las Américas”. Una obra que nos conduce al objetivo del torero, lograr el amor de una mujer, la novia, la esposa, o la madre, que espera en silencio, y sufre cada tarde por la vida de su hombre.

En sus últimas creaciones, aún inacabadas, investiga sobre el mundo íntimo femenino. En una de ellas, una novia vestida con enaguas antiguas contempla, ensimismada, los cepillos de la ropa y del vestido que junto al tarro de perfume se disponen en el tocador. Se está probando la corona de azahar (símbolo de la pureza). La sutileza femenina está presente en el cristal que se funde y se pierde en la línea donde se ubica el postigo de la ventana. Una metáfora íntima que oculta los contradictorios sentimientos presentes en la joven ante la incertidumbre de la unión amorosa. Unas flores de plástico amarillos, símbolo de la mala suerte, quedan a un lado de la composición. María José trabaja la luz para lograr que atraviese las cortinas y resalte la sensualidad del cuerpo femenino que se cobija bajo las enaguas integrando la mano de la joven en la penumbra.

En su MUJER CON GRANADAS, obra inspirada en un poema suyo titulado Yo he soñado Granada., a través del rostro de una joven belleza morisca apoyada en el umbral de uno de los arcos de herradura del Alcázar de Jerez, expresa como "Granada tiene ojos de Alhambra atemporal, refulgente y, en momentos, desdichada". Su fascinación por el arte islámico está patente en la obra a través de objetos simbólicos como la tina roja con relieves que recuerda la fuente situada en los patios de las mezquitas para el ritual de la purificación, el suelo de azulejos blanco y verde, la túnica blanca que cubre a la joven y que resalta las redondeces de su cuerpo y las granadas que se rompen en sus manos dispersándose por el suelo. Una bella metáfora del corazón femenino desangrado por los sinsabores del desamor o las promesas incumplidas. Todo ello, en un marco arquitectónico que combina el ladrillo como material constructivo y el trazado acodado de la composición.

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María José Aguilar

María José Aguilar nace en 1964 en la ciudad de Sevilla, España.

Desde su más temprana edad manifiesta inclinaciones y dotes artísticas.

Crece admirando a los grandes maestros de la Historia de la Pintura, especialmente a los pintores barrocos españoles como Murillo, Velázquez, Zurbarán, Valdés Leal ... que ejercerán sobre ella una primera y gran influencia.

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